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Permitir el celular en el aula o no. Contactar a los estudiantes por Facebook o no. Proponerles una educación lúdica o no. Contenerlos o no. Convertir a los docents o a los alumnos. Fomentar la teoría o la práctica. Estos son algunos de los dilemas que están enfrentando actualmente las universidades argentinas que, con errores y aciertos, van integrando las últimas tecnologías y metodologías educativas para responder a las necesidades, demandas y los desafíos que plantean las nuevas generaciones de alumnos.

¿Cómo adaptarse como universidad a la realidad que proponen estos jóvenes? Esta pregunta fue el eje de la segunda mesa de debate organizada por la nacion, de la que participaron representantes de cuatro universidades y dos estudiantes.

Educarse es un derecho de todos. Ahora, ¿qué pasa cuando tener algún tipo de discapacidad dificulta el cumplimiento de este derecho? Muchas universidades en el país se encuentran a diario con el desafío de proveer un espacio de igualdad de oportunidades para alumnos con discapacidades auditivas, visuales o motrices.

“La mayor dificultad para aprender no está en las deficiencias que puede tener una persona, sino en las barreras físicas, comunicacionales, culturales y actitudinales que tiene el entorno”, sostiene Juan Pablo Vega, responsable de accesibilidad del Centro de Sustentabilidad Social de la Universidad Siglo 21. En esta línea, Ezequiel Bramajo, director el Departamento de Ingreso de la Universidad Católica Argentina (UCA), destaca la necesidad de crear entornos inclusivos que valoren las diferencias y se muestren abiertos a ofrecer el apoyo necesario para que alumnos con discapacidad puedan desarrollarse plenamente.

Muchas veces los esfuerzos de las instituciones educativas para garantizar la accesibilidad, ya sea comunicacional, pedagógica y física, de todos los estudiantes están relacionados con adaptar condiciones edilicias, como rampas de acceso, ascensores y baños, por ejemplo, para aquellos con dificultades motrices y garantizar espacios bien iluminados para los que tienen visión reducida. En el caso de las personas que utilizan audífonos o implantes cocleares, la Universidad de Buenos Aires (UBA) proyecta instalar aros magnéticos rodeando el perímetro de las salas, que son amplificadores que permiten una transmisión del sonido sin los efectos adversos de la distancia o el ruido de fondo.

Este plan es parte del Programa Institucional de Comunicación Accesible de la UBA, que también prevé el desarrollo del Centro de Comunicación Accesible UBA, un espacio dotado con tecnología e intérpretes en lenguas de señas con formación académica, que posibilitará la videointerpretación para transmitir en tiempo real lo explicado en las clases a estudiantes con dificultades auditivas. “La propuesta suma la ejecución de audiodescripciones para aquellos que presenten problemas visuales y subtitulación del material didáctico para incluir a los alumnos con limitaciones auditivas, dificultades motrices o de aprendizaje, entre otras”, explica Susana Underwood, coordinadora del Programa Discapacidad y Universidad de la UBA.

En la Universidad de San Andrés también apelan a la tecnología, a través de computadoras personales con sintetizador de voz para que los estudiantes con discapacidad accedan a información o tomen apuntes. Sin embargo, como dice Underwood, si bien el uso de herramientas tecnológicas allanan el camino de los estudiantes hacia una mejora a la hora de estudiar, a veces con un simple cambio de hábito por parte del docente es suficiente para garantizar la enseñanza y desarrollo del alumno. “Dirigirse a la clase de frente o tocar el hombro de un alumno para adelantarle que se hará una aclaración, también forman parte de la accesibilidad a una educación de calidad”, ejemplifica.

Desde la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (UCES), su vicerrectora general, María Laura Pérsico, señala que ellos también adoptaron por iniciativas como el enfatizar, para alumnos sordos, los intercambios vía mail por sobre las consignas orales o el mantener constante un aula para las personas no videntes y así que tengan un mejor conocimiento y manejo del espacio físico. Asimismo, para la próxima colación de grados en la que recibirá su título una egresada hipoacusíca, la universidad contrató un intérprete de lenguaje de señas para el desarrollo del acto.

La Universidad de San Andrés (Udesa) fue haciendo cambios en función de sus experiencias. Por ejemplo, ofrecen a sus alumnos con algún tipo de discapacidad la posibilidad de sustituir materias para graduarse, y les dan excepciones a los plazos máximos fijados para completar los estudios, así como también a los tiempos de entrega de exámenes o papers, o su modalidad, oral o escrito. Además, otorgan permiso para incorporar un asistente personal del alumno para que tome apuntes, los ayude para ubicarse espacialmente y asista con la lectura, entre otros.

Más allá de la accesibilidad
Verónica del Luján Stevani está en segundo año de Ciencia Políticas en la Udesa. La alumna tiene hemiparesia izquierda, una enfermedad congénita que le dificulta la movilidad, y que hizo que el año pasado tuviera que utilizar silla de rueda. “Tuve una crisis de dolor que no me permitía levantarme de la cama. Como yo quería seguir estudiando, la universidad me propuso reducir el horario de cursada, y hasta modificar la modalidad con clases por Skype o permitiendo que mis compañeros las grabaran para que las escuchase desde mi casa. También aceptaron que me diera de baja en una materia”, cuenta la joven muy agradecida. Hoy la estudiante camina con bastón y reconoce que nunca encontró ninguna dificultad para seguir estudiando, por el contrario, dice: “Siempre la comunidad me hizo sentir muy bien y cómoda”.

El caso de del Luján Stevani, como el de tantos otros alumnos, demuestran por qué el trabajo de la universidad va más allá de adaptar las condiciones edilicias, y se trata de capacitar y preparar a la comunidad universitaria para recibir, enseñar y participar del desarrollo de un otro con necesidades diferentes. “La experiencia demuestra que con el acompañamiento necesario el éxito en el trayecto educativo está asegurado”, concluye Vegas.

Por otro lado, las personas con discapacidad intelectual también encontraron su espacio en la universidad. Al menos en la Facultad de Psicología y Psicopedagogía de la UCA que ofrece un curso de formación para el empleo que los incluye. “Este programa busca preparar al ámbito universitario para convertirse en favorecedor de la inclusión, deuda que estaba pendiente en nuestro país en este nivel educativo. La propuesta ofrece una formación especializada y de carácter inclusivo acorde a las demandas de formación para el empleo que los jóvenes con discapacidad intelectual requieren actualmente”, señala Liliana Pantano, una de las profesoras responsables de la iniciativa.

El desafío es proveer espacios en donde sea posible la igualdad de oportunidades